El avance de las tecnologías de imagen ha permitido un régimen visual que supera la fisiología del ojo humano. La alta definición no solo ofrece claridad, sino que también construye ideológicamente los cuerpos, haciéndolos hiper-visibles y controlados, especialmente en el fisicoculturismo, donde se exige una definición muscular extrema. Mediante un video filmado con cámaras térmicas y una escultura de acero cuya temperatura se iguala a la del cuerpo, la instalación redefine las estéticas del fisicoculturismo, presentando el cuerpo no como un objeto de escrutinio, sino como un campo de temperatura y afecto, moviéndose de la nitidez óptica a un régimen visual de la vulnerabilidad.
El proyecto desplaza el enfoque de la apariencia superficial del culturista a su presencia térmica, cuestionando la visibilidad como marcador de verdad. A través de una instalación compuesta por dos elementos interconectados—un video y una escultura de acero—, la propuesta aborda la percepción del cuerpo culturista, siguiendo la idea de Roland Barthes sobre la imagen como un evento térmico.
















